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Entre medio de mis múltiples actividades estudiantiles vivía a pajas.
Pero no todo fue así.
En Mina Clavero en el Seminario Político traté de huir del control, pero no encontré con quien.
En las vacaciones nos fuimos a Colón, Entre Ríos, sobre la costa del Río Uruguay, luego de atravesar una ruta que estaba llena de cráteres y por la cual debimos ir por la banquina. Pero no era solo el suelo el culpable de los huecos: ¡Hasta los puentes tenían pozos!
Allí me fugué con malas intenciones una noche. Pero me abordó un viejo, de más de cuarenta. Y obvio, no hice nada, huí rápidamente de allí.
Luego en Santa Fe descubrí cerca de donde cursaba inglés un kiosko que vendía las primeras revistas gays. (que fueron oro en polvo, la primera fuente de información confiable).
Me fui a comprarlas un martes tipo siete y media. Estaba oscuro. Yo volvía de estudiar inglés. Y allí alguien me observaba, yo no me di cuenta, y me siguió hasta la parada del colectivo (en plena zona de yire, también yo era bastante pelotudo, que lugar se me ocurría para tomar el colectivo!).
Y me abordó, era un flaco arruinado, como de cuarenta años y dale que quería algo conmigo.
Y yo que lo amenazo con llamar a la policía, y él que me dice que él no tiene nada encima que lo comprometa (yo sí, las revistas).
Así que huí nuevamente tomando otro colectivo.
Desde esos momentos me quedó algo fijo: viejos no, y así fue siempre.
Así iban las cosas cuando ya tenía todo listo y el movimiento de opinión estaba listo para crear el Centro de Estudiantes llega la resolución del ministerio.
Bajo la influencia de los profesores se eligió a una clara mayoría de tragones (nerds se les diría ahora) con especial perfil en esos chicos que ni hablaban y muchísimo menos iban a plantear un reclamo.
Obvio que algunos se destaparon y no fueron así. Bajo la influencia de un bien intencionado profesor (peronista de los que creen que hay que organizar todo de arriba) se avanzó en la organización.
Integré la comisión directiva del flamante centro y nos dedicamos a loables actividades como campañas de solidaridad y reparto de lo obtenido, las cuestiones de reclamo pasaban por mí.
Obvio que al año siguiente, 1985, fui elegido presidente y sí pude darle el impulso que deseaba.
Ese año se hizo un Congreso de la Juventud en Córdoba y debí ir.
Fui con malas intenciones, pero en ese congreso había tantos, pero tantos comunistas y bichos de izquierda similar (y los radicales andaban por otros congresos) que no me quedó mas remedio que armar un frente con los socialistas. Y así accedí a los escritos de Guillermo Estevez Boero y comprendí y adherí a las ideas básicas del Socialismo.
De vuelta organicé un ciclo de películas sobre la realidad nacional y eso fue demasiado para las autoridades pro militaristas de mi escuela.
Trataron de hacerme caer del puesto de Presidente, pero la Asamblea de Delegados me dio su confianza y me planté ante ellos.
Generé una buena sucesión para quinto año y ese año me retiré de la militancia estudiantil. Ya estaba de lleno en la militancia política.

A lo largo de mi secundaria hizo su aparición un Gordito, que fue una verdadera pesadilla para mí.
Lo que quiero aclarar es que no se trata de un tema de discriminación.
Yo por suerte luego pude conocerlo y tenía buenos valores.
Lo aprecié mucho más cuando terminamos la escuela secundaria.
Pero cuando comencé en el tema gay no había información: no había internet, las primeras revistas que vi y me animé a comprar datan de 1985 y en 1983 yo ya estaba viendo que para mí las cosas iban así.
No teníamos modelos, salvo que tuvieramos la suerte de enganchar en un grupo de gente gay (que los había y la pasaban de 10 porque ninguna prohibición ni dictadura puede contra las tendencias de la gente).
Así que en segundo año, luego de Malvinas, mientras nos consolidábamos como grupo y yo iba realizando una eficaz campaña que me llevó a ser popular, el Gordito apareció en nuestro curso.
En esos años (que viejo parece ser esto!!!!!!!!!) había un programa de tv que conducía Bergara Leumann, un hombre gordo, de pelo largo, muy creativo, pero que trataba a las bailarinas y modelos del staff como una loca mala no dejaría de tratarlas.
Y el gordito era igual!!!! Debe ser por los tipos psicológicos, pero era igual. Venía con medias de toalla rosadas (por favor!) y se peleaba y pegaba y empujaba a las mujeres, y los vagos lo queríamos ahorcar.
¡Pero como Demonios podía yo ser igual a este! Me preguntaba desesperado, ignorante de que mi onda era otra.
Así que mis críticas a mi anti heroe adolescente van dadas por la sociedad en que me tocó moverme,pues de haber sabido me hubiera diferenciado como gay en otro estilo (o no) pero no hubiera sufrido su presencia.
Este año marcó la caída absoluta de los principios de autoridad y apareció en escena una palabrita en boca de las autoridades escolares: comunista.
Comunista era todo el que no estuviera de acuerdo con el orden implantado por la dictadura militar, al parecer de las autoridades escolares.
Nada que ver,ni nada más alejado de mi formación católica, nacionalista,algo conservadora y francamente de derechas.
Pero el viento comenzó a llevarse todo: lo primero el uniforme escolar, adiós pantalones grises y corbatas, adios polleras y medias 3/4 negras, guardapolvo blanco para todos estudiantes de la nacional partidarios de la Ley 1420. (Comenzaba mi viraje al laicismo).
Tuvimos las primeras protestas contra los actos arbitrarios con aplausos en el mástil de la bandera. Eramos 100% pacíficos.
Y como cierre del año la llegada del 30 de octubre de 1983 donde Alfonsín representó la concreción de los sueños de muchos argentinos y la llegada de la Democracia el 10 de Diciembre.
Ya todo estaba maduro para mi acción. De sexo ni hablar. Los lindos rubiecitos no estaban en mi curso. Veríamos luego.
Durante el periodo referido obvio que la faz sexual quedó para mí en un segundo plano. Aprendí a matarla con otras cosas.
La guerra era para nosotros una experiencia única.
Presos de un rabioso sentimiento nacionalista cantábamos las marchas patrióticas mientras marchábamos en los actos escolares, que se multiplicaban.
La guerra nos había unido, éramos los mejores del mundo, liderados por el férreo presidente Galtieri. Estábamos 100% con la causa, que era justa en verdad, y a la vez un 100% con el Gobierno.
Pero no nos quedamos en eso.
Las chicas de mi curso y de los otros tejían pulóveres con lana verde oliva, que se había agotado, pero que conseguimos, nosotros comprábamos chocolates para enviar al frente.
La radio apareció en las aulas, para escuchar los comunicados del Estado Mayor Conjunto.
En realidad parecía un festejo, y en cierto modo lo era para quienes estábamos lejos de la zona en conflicto.
Entre medio vino el mundial de fútbol, donde desempeñamos un triste papel. Y ahí si noté que algo no calzaba. Medio país con el mundial mientras estábamos en guerra.
Pero no era momento de divisiones.
La Fuerza Aérea se lució. De manera profesional atacó a los barcos enemigos y les produjo tal cantidad de desastres que de haber contado con más recursos no sé como quedaban las cosas.
Se hicieron campañas de fondos, mi tio donó una medalla de oro de la familia.
Los soldados hicieron lo que pudieron. Luego de estar durante la Colimba limpiando baños y lamiendo las botas de los superiores y enviados luego a la guerra sin instrucción.
Y la cosa empezó a ir mal.
En toda guerra hay avances y retrocesos. Pero nuestro ejército estaba preparado para matar a ciudadanos desarmados, no para enfrentar a otro ejército. Así que el retroceso fue final.
La propaganda duró hasta la rendición.
Y en ese momento estalló en mil pedazos para mi generación esa sensación de orden que nos había tenido trabajando como felices jóvenes fascistas.
El orden y la autoridad quedaron desacreditados y se apoderó de nosotros una profunda sed de rebelión.
La batalla de las Malvinas dejó una herida abierta en mí que tardé muchos años en superar. Diez años después pude leer con cierto criterio un libro al respecto. Me puede más el dolor que siento por semejante aventura.
Llegué a mi casa preso de sensaciones encontradas, excitación y temor.
Decidí tirar la bomba:
“¿Viste que estamos en guerra?” le dije a mi vieja.
“¿Ah, sí? – respondió - ¿Nos agarramos con Chile?” consultó muy despreocupada, ya que los militares desde el tiempo de Videla tenían ganas de entrar en Guerra con los vecinos chilenos, ganas compartidas por el dictador Pinochet.
“¡No, con los Ingleses! ¡Recuperamos las Malvinas!”- dije yo mientras iba a prender mi flamante Radio Grabador Toshiba Bombeat 16 con comando que saltaba al final de las canciones del cassete y permitía avanzar 1 a 12 temas, que me había comprado mi viejo luego de meses de acosarlo, el cual transmitía los acordes marciales y la marcha de las Malvinas (que yo no sabía ni cantar).
“¡Uh, no! ¡Justo con los ingleses nos vamos a meter!” fue para mí el poco patriótico comentario de mi vieja. La única que no se dejó llevar por la furia belicista.
Así que comencé a buscar otras actividades para distraerme mientras trataba de digerir que me pasaba.
No me gusta confesar el paso de los años, pero la verdad es que en mi primer año ocurrieron hechos muy importantes.
Una mañana volvía de no tener Educación Física, con el odio de haberme levantado e ido a la otra punta de la ciudad a ver que no estaba el profesor, y la alegría de haberme salvado de la tortura matutina, y escuchaba marchas militares.
¿Qué cuernos pasaba? Pensé yo mientras volvía.
Como siempre fui animal político pensé en un Golpe de Estado.
Me aventuraba a dar opiniones en una época en que nadie hablaba. Todavía recuerdo cuando estaba Videla en el gobierno y yo anuncié que Viola lo sucedería (Obvio, pues era el Presidente de la Junta Militar) y en mi casa me llamaron a silencio. Cuando asumió Viola me vengué de ellos recordando mi anuncio.
Antes de llegar a casa, ese dos de abril de 1982 una vecina me dice que habíamos recuperado las Malvinas.
¿Cuándo me dí cuenta que era gay?
Esa sería la pregunta inicial.
Nunca fuimos una familia cariñosa, nos queremos mucho, y ahora yo he cambiado eso, pero siempre fuimos poco cálidos entre nosotros.
Así que salvo una vaga atracción a los ocho con una vecinita, y a los doce con mi prima, que si se me ponía a tiro juro que hubiera pasado de todo, no tengo recuerdos, menos aún recuerdos gays.
Con los doce tenía una calentura por la calentura misma. Pero había un compañerito que sí me llamaba la atención, era lindo, petiso, pelo castaño claro, y un rostro muy pero muy lindo.
Pero, con una firme educación, claras vallas morales, pasé esa idea al archivo y listo.
Ya se perfilaba en el horizonte mi pesadilla.
Un gordito, mariconcito, que no tuvo mejor idea que agarrar a un negrito en el viaje de estudio y creo que pajearlo. ¡Para que! Obvio que se supo, para gran reprobación de la hinchada.
¿Seré como el gordito?
Comenzó la tortura.
Con el primer año de la Secundaria tradicional íbamos de tarde, ¡que calvario para alguien que siempre fue de mañana!, y a Educación Física por la mañana.
Hacía un frío rabioso, unas heladas horribles, y fue allí en el árido Club al cual íbamos a ser torturados a tan temprana hora donde se me metió por los ojos un compañero, delgado, pelo muy rubio, ojos claros, rostro varonil, duro pero lindo.
Así que comencé a pensar mientras me pajeaba en este chico con unas chicas, pronto los accidentes de las chicas me importaron bien poco. Y él se apoderó de la escena. Y me di cuenta del cambio, pero no podía ser.
Mi compañerito de banco era otro rubio, mucho más lindo, nervioso, pero bueno.
Nos juntábamos a estudiar.
Pero ni loco me animaba a tirarme.
Así que, por paradójico que parezca, los rubios estaban por todas partes en mi despertar. Rubios, flacos y lindos.